32 Festival Internacional Jazz Plaza La Habana
32 Festival Internacional Jazz Plaza La Habana
coloquio xi

Pedro de la Hoz

Vicepresidente de la UNEAC

Miembro del  Capítulo Cubano de la Red EDH

 

El hecho de que el coloquio del Festival Internacional Jazz Plaza 2015 esté  dedicado a la red En  Defensa  de la Humanidad es coherente con la naturaleza del hecho cultural que nos convoca.

Debo ante todo explicar cuál fue el origen de esta concertación y la renovada vigencia de su razón de ser. En los primeros años de este siglo, el mundo vivió momentos de signos apocalípticos, como los que ahora mismo están sucediendo. Al atroz atentado contra las Torres gemelas de Nueva York siguió lo que el cineasta norteamericano Oliver Stone llamó la Era del Terror con su secuela de invasiones, ejecuciones extrajudiciales, cárceles secretas, ciberespionaje, violaciones masivas de los derechos humanos.

Artistas, escritores, académicos, ecologistas, activistas sociales, científicos y deportistas en la mayoría de los países América Latina, el Caribe y Europa, así como de Estados Unidos, Canadá y varias naciones asiáticas y africanas, nos articulamos en defensa de los valores humanos, por la paz y la necesidad de tender puentes solidarios. Concebimos una red, o mejor dicho, una red de redes, puesto que la transversalidad es un principio en la conjunción de esfuerzos. No somos una organización formalmente estructurada pero sí social y mediáticamente reconocida como un espacio para abogar por valores esenciales.

Mediante encuentros de carácter general y temáticos, pero sobre todo valiéndonos de las nuevas tecnologías de la información, nos mantuvimos en contacto, como lo estamos haciendo ahora, y alentamos acciones informativas, movilizadoras y de toma de conciencia ante los diversos peligros que amenazan incluso hasta la propia existencia de la especie.

No podemos permanecer impasibles ante las guerras, las migraciones forzadas, las inequidades con que se mal distribuyen las riquezas, la explotación indiscriminada de los recursos naturales, las agresiones ambientales, la destrucción del patrimonio cultural, el racismo y la xenofobia.

A la vez no podemos aceptar la imposición de un pensamiento único ni de unidireccionales patrones de consumo. De ahí que también nos ocupe la promoción de un pensamiento crítico, de los saberes populares, de la espiritualidad dignificante y de la inteligencia humana.

Desarrollamos este activismo a partir de diversos ejes temáticos, tres de los cuales se avienen a plenitud al espíritu de este festival en general y este coloquio en particular.

Cuando hablamos de la defensa del conocimiento para todas las personas, estimulamos y celebramos las investigaciones sobre aspectos fundamentales de la cultura cubana y sus vasos comunicantes con otras culturas.

Cuando defendemos la memoria histórica, hacemos causa común contra la erosión o pérdida de rasgos identitarios que definen nuestros perfiles originales.

Cuando proclamamos la defensa de la unidad en la diversidad, nos asiste la necesidad de relacionarnos y enriquecernos mutuamente sobre la base del respeto y la comprensión.

Una de los grandes artistas cubanos, el maestro Bobby Carcassés, ha dicho que el jazz es un espacio de libertad. Jazz Plaza 2015 es un espacio de libertad y el coloquio una expresión viva de esa cualidad.

La asimilación del jazz en la cultura cubana es un legítimo acto de relación intercultural que halla su fundamento en la confluencia de identidades entre pueblos que tienen en común un componente étnico, transplantado a estas tierras por la infamante trata esclavista: la presencia africana.

Leonardo Acosta, uno de nuestros más distinguidos musicólogos y Premio Nacional de la Música, nos recuerda cómo en el contexto de la intervención imperial que frustró la real emancipación de Cuba contra el colonialismo español,  llegaron a la isla centenares de afronorteamericanos, entre los cuales algunos fijaron residencia entre nosotros. Un caso  emblemático fue el de Santiago Smood, intérprete del banjo y cantante de blues que aquí se hace tresero y trovador. Y también el de un músico cubano que estudió en Nueva York, Pedro Stachely, fundador de la primera jazz band cubana.

Acosta nos recuerda también cómo en las primeras décadas del siglo XX el escenario quedó listo para que los cubanos introdujeran sus ritmos en Estados Unidos hasta lograr que ese toque latino que hoy día es parte constitutiva del jazz.

Es decir, estamos ante un proceso de toma y daca que no debe ser olvidado, pues forma parte de nuestra memoria histórica. Como tampoco debemos olvidar los orígenes humildes de los bailadores de Santa Amalia, de los muchachos del filin, de los rumberos que saltaron a un primer plano en las bandas de jazz en Estados Unidos.

La red En Defensa de la Humanidad quiere subrayar en este coloquio una cercana conmemoración. Este año celebramos el centenario del natalicio de la cantante norteamericana Billie Holliday. Ella nos confirma que el jazz conmueve desde el dolor y la gloria. Que la mejor manera de cantar no depende del volumen sino de la intensidad y la emoción. Que no hace falta una gran voz sino la necesaria para decir lo que hay que decir.

Entre los muchísimos temas que cantó hay uno que identifica su condición: Strange  fruit (Extraña fruta). Primero fue un poema, escrito por Abel Meeropol, un profesor que militaba en el Partido comunista. El texto nació de la impresión que le causara el linchamiento de dos negros, Thomas Shipp y Abram Smith en Marion, Indiana el 7 de agosto de 1930. El poema, titulado inicialmente Bitter fruit (Fruta amarga) alcanzó cierta difusión al ser publicado en 1937 por la revista New Masses. El propio Meeropol decidió musicalizarlo y de alguna manera un empleado del neoyorquino Café Society, donde se presentaba Billie, lo escuchó y decidió compartirlo con el dueño del lugar, Barney Josephson, simpatizante de la izquierda, y el pianista Sonny White.

Billie comprendió de inmediato de qué se trataba y grabó la canción en julio de 1939: “De los árboles del sur / cuelga una fruta extraña. / Sangre en las hojas, y sangre en la raíz. / Cuerpos negros balanceándose en la brisa sureña. / Extraña fruta cuelga de los álamos./ Escena pastoral del valiente sur. / Los ojos saltones y la boca retorcida. / Aroma de las magnolias, dulce y fresco. / Y el repentino olor a carne quemada. / Aquí está la fruta para que la arranquen los cuervos. / Para que la lluvia la tome, / para que el viento la aspire, / para que el sol la pudra, / para que los árboles la dejen caer./ Esta es una extraña y amarga cosecha”.

Es una canción que parece haber sido hecha para los días que corren, cuando la violencia racial —Ferguson y Charleston son heridas recientes— constituye un capítulo no cerrado en la historia de la tierra que vio nacer el jazz.

Los jazzistas y los amantes del jazz también debemos luchar por revertir esa odiosa realidad.